Un tratado de paz definitivo llevará largas negociaciones, aunque una segunda cumbre entre el presidente estadounidense Donald Trump y el líder norcoreano Kim Jong Un, alimenta legítimas esperanzas en la península para poner fin a la guerra de Corea, aseguran los expertos.

Las dos Coreas siguen técnicamente en guerra. El conflicto de tres años, de 1950 a 1953, se terminó con un armisticio, pero no un tratado de paz. Ambas partes concluyeron un alto el fuego, que es hoy el más viejo del mundo.

Stephen Biegun, representante especial de Estados Unidos para Corea del Norte, afirmó la semana pasada que Trump está «listo a poner fin a esa guerra», lo que alimentó las especulaciones según las cuales ambas partes podrían firmar pronto la paz.

Uno de los objetivos convenidos por Trump y Kim en su primera cumbre, en junio en Singapur,  era establecer «un régimen de paz durable y estable en la península». El fin de la guerra era asimismo uno de los objetivos de la primera cumbre entre Kim y el presidente surcoreano Moon Jae-in. Pero los avances hacia la paz fueron muy limitados, debido a los persistentes desafíos entre Pyongyang y Washington sobre el tema del arsenal nuclear norcoreano.

Kim Jong Un, propuso «negociaciones multipartitas  para reemplazar el actual alto el fuego por un mecanismo de paz», en su discurso de Año Nuevo.

Para Pyongyang un tratado de paz es vital para la supervivencia del régimen que se traduce por: «Corea del Norte y Estados Unidos ya no son enemigos», explica Koo Kab-woo, profesor de la Universidad de estudios norcoreanos de Seúl.

Sin embargo, Estados Unidos se inquieta de que un tratado en ese sentido ponga en duda su alianza militar con Seúl y su presencia en territorio surcoreano, en donde tiene 28.500 militares.

Estados Unidos teme que un brusco cambio del orden regional tenga un impacto en sus intereses, en un contexto de afirmación china, observa Koh Yu-hwan, profesor de la Universidad Dongguk de estudios norcoreanos.

Un tratado de paz tendría el aval de China que espera «una menor implicación de Estados Unidos» en la península, agrega Koh.

Según Koo, un tratado de paz implicaría «trastornos mundiales», trátese de las enmiendas a las constituciones de las dos Coreas o de la reevaluación del papel de las fuerzas estadounidenses.

Aseguran que el fin de la guerra relanzaría el debate sobre la presencia militar estadounidense en Corea del Sur.

Un tratado de paz aumentaría la presión sobre Pyongyang sobre el tema nuclear. Corea del Norte siempre justificó el desarrollo de un arsenal nuclear por la necesidad de protegerse de una eventual invasión estadounidense.

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